Alicia Dorantes / Rincón de la Abuela

El violín de Pedro

2017-06-18

Hasta hace escasos momentos creí que la música estaba en el violín, pero me he dado cuenta que la música está en mí, y el violín sólo es el instrumento por el cual mis melodías llegan a los demás.
Nicolo Paganini

Queridos niños:
Nuestra visita al mundo tarahumara concluiría pronto. Al siguiente día a las trece horas, tomaríamos el tren que nos conduciría a un nuevo destino: El divisadero, así es que muy de mañana salimos a recorrer los senderos cercanos que nos mostraron lugares de increíble belleza.

Aún las gotas de rocío pendían de los hilos de pinos y cipreses… aún olía a campo mojado… a madrugada.

A esa hora, ya los indígenas llegaban a vender sus mercancías. Sencillas artesanías elaboradas con esas manos morenas curtidas por el trabajo del campo y el frío de la sierra. Las aprendieron de sus “tatas”: sus padres, sus abuelos, son su único comercio posible. Hábiles artesanos trabajan la madera, el barro, el telar de cintura, la cestería realizada con los hilos de los pinos que, en diferentes estados de maduración, dan colores y tonos diferentes. Las formas de las piezas confeccionadas son únicas ninguna es igual a otra. Los expertos logran hacer una, dos, a lo sumo tres piezas al día y si las venden, asegurarán el exiguo ingreso familiar.

Los hombres visten zapeta y faja de lana roja alrededor de la cintura. El lacio cabello negro, en forma de melena corta, lo sujetan en la frente con otra banda ancha de tela, de color rojo, cuyas puntas al caer, constituyen un adorno personal. Calzan huaraches de suela de llanta, sujetadas por correas de cuero. En invierno se protegen con una cobija de lana pura.

Las mujeres continúan con la usanza tradicional: una blusa blanca, bombacha, con pliegues en cuello y mangas; completan el vestido varias faldas amplias, encima una de la otra, todas diferentes entre sí. Gustan de los colores fuertes: rojo, verde, azul, amarillo, en intensos tonos, lisos o formando caprichosos dibujos. En la cabeza, como en la cintura, usan bandas anchas que sujetan y dan un toque de especial coquetería serrana. Algunas llevan huaraches como los hombres, pero otras. Las más, tienen los pies descalzos.

Por la gran variación climática, el tarahumara cambia dos veces al año de “domicilio”: mientras que en el invierno se refugia de los helados vientos y la nieve en el fondo de las barrancas, durante el verano buscan sitios en las cimas de la sierra donde disfrutan de la fresca brisa. Una ventaja adicional a éste cambio de sitio, le permite otros tipos de cosecha temporal.

La dieta del indígena es fundamentalmente a base de maíz, frijol, calabaza y trigo, además de yerbas silvestres, pencas de maguey (azadas) y algunos insectos. Sólo durante una fiesta importante se sacrifica una vaca de la que utilizan todas sus partes, incluyendo los cuernos.

Tan pronto llegamos a El Divisadero, comenzó otra tormenta similar a la del día anterior, pero entonces la admiramos cómodamente instalados en la amplia sala del hotel, desde donde pudimos contemplarla en toda su magnificencia. Espesas cortinas de agua parecían danzar y cruzarse de un lado a otro de la gran barranca. Una vez más, los relámpagos iluminaron el cielo. La tierra se cimbró con la ronca voz del trueno, que se dejó escuchar por ese espacio sin límites. Mientras la lluvia amainaba, la oscuridad daba paso al sol, que reflejado en las límpidas nubes, formaba dos brillantes arco iris: sus siete colores eran diáfanos y parecía que los podríamos tocar) sólo con extender la mano. En la estancia reinaba el silencio: un silencio de admiración, de respeto a la madre naturaleza. Entonces resultaba fácil comprender por qué las civilizaciones primitivas hicieron dioses al sol, a la luna, a la lluvia, al viento y al rayo...

Caía la tarde cuando visitamos el lago de Arareco, más que un lago es un espejo en el que suelen mirarse las criaturas al pasar, desde el anciano y encorvado oyamel hasta las inquietas mariposas multicolores que disfrutan intensamente de sus escasos días de vida, y por las noches, la coqueta luna y las estrellas juguetonas. Arareco es una pincelada de magia... dentro de la mágica sierra. Un refugio de paz.

A la mañana siguiente, después de disfrutar un opíparo desayuno a base de machaca con huevo, frijoles bayos y humeantes tortillas de harina recién salidas del comal, dimos nuestro último paseo. El tiempo, ese tiempo que nos da tanto y nos quita tanto, ese tiempo que como agua se desliza sin sentirlo entre los dedos de las manos... ese tiempo… se nos había agotado. Nos quedaba el privilegio de la última mañana y era casi una obligación no escrita disfrutar de ella al máximo.

Los paseos ya sean a bordo de una camioneta, a caballo o sencillamente a pie, son enriquecedores. La imaginación y el ingenio de los lugareños han bautizado a muchas de las milenarias rocas como “el elefante”, “el hongo”, “las piedras móviles”, “el valle de los monjes”, “el de los enanos”, etc… Ocasionalmente, cruzamos pequeñas zonas de bosques, cada vez menos frecuentes; es, o casi “era”, el paisaje de las barrancas, porque los aserraderos han proliferado en forma desmedida y la tala inmoderada de árboles se propaga como un cáncer maligno; terminal.

Con el eterno deseo del hombre de lograr poder y riquezas, los bosques de Chihuahua, de México, del mundo, se han explotado sin respeto alguno a la Madre naturaleza. El hombre desafía a la vida, la cambia por bienes materiales. Sin escrúpulo alguno, atenta contra la biosfera sin preguntarse siquiera cuál será el aire que respirarán sus hijos y los hijos de sus hijos el día de mañana... Eso sí: se horroriza de la contingencia ambiental.

En las últimas horas, visitamos una de las cuevas de los tarahumaras: la cueva de San Sebastián. La pobreza del indígena es vergonzosa y taladrante. Su orgullo ancestral e indomable, el que heredaron de sus ancestros, está fracturado, hecho polvo. Nosotros no iniciamos su pobreza ¡No! Se inició con la colonia, quizá antes. No, no la iniciamos pero contribuimos a mantenerla viva con nuestro silencio y olvido... al fin y al cabo son tarahumaras y están tan lejos...

Al regreso, nuestro guía saludó a un amigo y acto seguido nos preguntó si deseábamos escucharlo tocar el violín. Pedro, artista local, sacó de su viejo morral un violín de fabricación casera, con sólo dos cuerdas y tomando el rústico arco, logró extraer sencillas melodías con sabor indígena jamás antes oídas. Se había instalado en lo alto de la roca más próxima… a sus pies estaba el acantilado. En ese momento nos percatamos de su grado de alcoholismo y lo que inicialmente parecía ser que llevaba el ritmo de la melodía, eran sólo los efectos de la bacanora o del sotol... Fue necesario suspender “la audición”, por temor a que nuestro violinista cayera al vacío, aunque se nos dijo “que no pasaba nada, ya que él siempre tocaba así...” Y pasaron los años…

Hace unos meses, la compañía X de televisión, quizá animada por los más humanos sentimientos, inició una campaña para recaudar ropa y víveres para nuestros olvidados hermanos de la sierra ¿fue con fines publicitarios? ¿Fue para ganar audiencia? Lo recaudado se transportó en helicópteros hasta un punto en que fue posible su descenso. Allí se filmó la entrega de donativos. Así, los antes “orgullosos Gobernadores de los indígenas” acudieron a recibir la ‘caridad televisada’ ¡tan grandes son su pobreza y su hambre, que doblegaron su ancestral orgullo!

Alabo profundamente ésa y todas las colectas realizadas en pro de cualquier grupo que lo requiera. Ojalá no fueran “sólo algo de un día, sino con carácter permanente”. El pueblo de México siempre está dispuesto a compartir lo que tiene con sus hermanos necesitados. En lo que discrepo es de la ostentación de la caridad, de una caridad mal entendida, usada tan sólo para “sentirnos bien” o como campaña publicitaria. Vienen a mi memoria las palabras que mi abuela Mane nos decía siempre: “lo que dé tu mano derecha, que nunca lo sepa la izquierda”.

Los quiere su abuela: Alicia

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